Cuadritos y Don Lucho

El técnico “Cuadritos” me recibió en UCI del piso 13 la primera mañana que desperté en esa sala, luego de haber subido desde Emergencias la noche anterior. Fue el primero que me bañó en una cama de hospital, y vaya que ya necesitaba un baño para entonces. Esa mañana se me quitó todo el pudor que aun me quedaba, luego de dos noches viviendo y durmiendo rodeado de extraños.

Sin mis lentes, me perdía los detalles y gestos de los rostros, miraba a todos con atención y quizá me devolvían la mirada pero yo no podía darme cuenta, sino hasta que me dirigían la palabra. Tenía que confiar que estaba en buenas manos.

Ya listo para el baño matinal a eso de las 8 de la mañana, la frase de Cuadritos fue: “Te daré una limpieza de gato, por encimita nomás. Si fuera una de pato, ahí sí me sumerjo”. Hilarante y tenebroso a la vez.

Cuadritos debe tener 40 a 50 años, aunque de lejos y sin lentes me parecía de 30. Era pequeño y jovial, campechano y muy gentil. A veces demasiado. Me permitió hurgar en la bolsa donde habían guardado mi pijama, mis útiles de aseo, y mis lentes. Para evitar los gérmenes, en UCI no permiten el ingreso de nada de esto, pero el decidió hacer una excepción conmigo.

Su hermana tiene un restaurant por Los Alisos, la zona donde han roto todas las pistas. El negocio no va bien, se lamentaba mientras me enjabonaba todo el cuerpo. Yo me imaginaba esa avenida, cerca a mi casa, destruída y llena de escombros, mientras tiritaba esa mañana de sábado, luminosa y gris. No hay nada como sentirse limpio.

La noche anterior me habían despertado para darme la buena nueva. ‘Subes a piso’, me dijo la enfermera en Emergencias. Genial, pensé yo, a pesar de haberme despertado a mitad de la fría noche. Lo que no sabía era que el espacio que me habían separado era una cama en UCI -a dónde vas a descansar luego de alguna operación, no cuando estás sano y consciente.

Me subieron nomás, y en el piso 13 me recibió Luis, Lucho, un técnico de unos 50 años, el típico zambo criollo, de vozarrón y bigote a lo Santa Cruz. “Cuando tú tenías 2 años yo ya estaba trabajando aquí”, calculó luego de preguntarme mi edad.

Cuando me recibió aquella madrugada, noté que don Lucho y los técnicos de UCI eran de otro level: le llamó la atención al inexperto camillero de Emergencias que me subió con mi pijama, chalina, guantes, lentes y demás agentes contaminantes. Me desnudaron entonces, me pusieron una delgada bata, unas vendas en las piernas, y todas mis cosas terminaron en una bolsa plástica.

Esa medianoche de viernes para sábado, con todo el trajín de la mudanza, se me fue el sueño. Así que durante sus buenas horas veía ir y venir a don Lucho, que atendía a los otros tres pacientes que me acompañaban en esa sala de UCI. Para mi sorpresa prendió la radio, puso Doble 9. Qué bacan, decía yo, me tocó un técnico rockero. (Y fue el primero y único, el resto de las veces el dial era dominado por Felicidad, Romántica, o si había algo de suerte, Oxígeno u Oasis). Ese sábado por la mañana don Lucho se fue y llegó Cuadritos.

Volví a verlo semanas después, andando por Unidad General (las habitaciones donde sí permiten visitas); y luego en la tercera vez que entré a UCI, luego de la operación mayor. Ahí comprobé que don Lucho era un gilero de polendas. La guapa y pequeña enfermera que me cambiaba el catéter aquella tarde, sufrió los descarados avances del veterano. Ella se incomodó, se molestó, yo estaba concentrado en la aguja, esperando el momento que la fría medicina ingresase por mis venas, causando un dolor como pocos. La enfermera marcó la fecha en mi brazo izquierdo: “cambiar en 2 días”.

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