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Eres tú, la única razón, Lima

La que siempre será la mejor canción de toda la historia de Lima, esta Lima de asfalto, de largos viajes en micros, de caminatas bajo la lluvia que no es lluvia, apenas garúa, acompañados por los aviones encima de nuestras cabezas. La canción que mejor resume lo que es vivir en esta ciudad, y las excusas que uno encuentra para seguir recorriéndola.

Es “Diagonal”, de Ciëlo [MP3 – 5.9mb]:

Encuentro esta joyita, un unplugged duo entre Mario Ciëlo (descansa en paz Cocó) y la Mena, la Javiera, chilena ella, también aprende a cantarle a Lima:

Eres tú, la única razón,
para cruzar, esta ciudad,
veo pasar, grandes avenidas,
y un avión en lo alto
de la gran ciudad.
oh oh oh
hacia donde irás
hacia donde está

Cuadritos y Don Lucho

El técnico “Cuadritos” me recibió en UCI del piso 13 la primera mañana que desperté en esa sala, luego de haber subido desde Emergencias la noche anterior. Fue el primero que me bañó en una cama de hospital, y vaya que ya necesitaba un baño para entonces. Esa mañana se me quitó todo el pudor que aun me quedaba, luego de dos noches viviendo y durmiendo rodeado de extraños.

Sin mis lentes, me perdía los detalles y gestos de los rostros, miraba a todos con atención y quizá me devolvían la mirada pero yo no podía darme cuenta, sino hasta que me dirigían la palabra. Tenía que confiar que estaba en buenas manos.

Ya listo para el baño matinal a eso de las 8 de la mañana, la frase de Cuadritos fue: “Te daré una limpieza de gato, por encimita nomás. Si fuera una de pato, ahí sí me sumerjo”. Hilarante y tenebroso a la vez.

Cuadritos debe tener 40 a 50 años, aunque de lejos y sin lentes me parecía de 30. Era pequeño y jovial, campechano y muy gentil. A veces demasiado. Me permitió hurgar en la bolsa donde habían guardado mi pijama, mis útiles de aseo, y mis lentes. Para evitar los gérmenes, en UCI no permiten el ingreso de nada de esto, pero el decidió hacer una excepción conmigo.

Su hermana tiene un restaurant por Los Alisos, la zona donde han roto todas las pistas. El negocio no va bien, se lamentaba mientras me enjabonaba todo el cuerpo. Yo me imaginaba esa avenida, cerca a mi casa, destruída y llena de escombros, mientras tiritaba esa mañana de sábado, luminosa y gris. No hay nada como sentirse limpio.

La noche anterior me habían despertado para darme la buena nueva. ‘Subes a piso’, me dijo la enfermera en Emergencias. Genial, pensé yo, a pesar de haberme despertado a mitad de la fría noche. Lo que no sabía era que el espacio que me habían separado era una cama en UCI -a dónde vas a descansar luego de alguna operación, no cuando estás sano y consciente.

Me subieron nomás, y en el piso 13 me recibió Luis, Lucho, un técnico de unos 50 años, el típico zambo criollo, de vozarrón y bigote a lo Santa Cruz. “Cuando tú tenías 2 años yo ya estaba trabajando aquí”, calculó luego de preguntarme mi edad.

Cuando me recibió aquella madrugada, noté que don Lucho y los técnicos de UCI eran de otro level: le llamó la atención al inexperto camillero de Emergencias que me subió con mi pijama, chalina, guantes, lentes y demás agentes contaminantes. Me desnudaron entonces, me pusieron una delgada bata, unas vendas en las piernas, y todas mis cosas terminaron en una bolsa plástica.

Esa medianoche de viernes para sábado, con todo el trajín de la mudanza, se me fue el sueño. Así que durante sus buenas horas veía ir y venir a don Lucho, que atendía a los otros tres pacientes que me acompañaban en esa sala de UCI. Para mi sorpresa prendió la radio, puso Doble 9. Qué bacan, decía yo, me tocó un técnico rockero. (Y fue el primero y único, el resto de las veces el dial era dominado por Felicidad, Romántica, o si había algo de suerte, Oxígeno u Oasis). Ese sábado por la mañana don Lucho se fue y llegó Cuadritos.

Volví a verlo semanas después, andando por Unidad General (las habitaciones donde sí permiten visitas); y luego en la tercera vez que entré a UCI, luego de la operación mayor. Ahí comprobé que don Lucho era un gilero de polendas. La guapa y pequeña enfermera que me cambiaba el catéter aquella tarde, sufrió los descarados avances del veterano. Ella se incomodó, se molestó, yo estaba concentrado en la aguja, esperando el momento que la fría medicina ingresase por mis venas, causando un dolor como pocos. La enfermera marcó la fecha en mi brazo izquierdo: “cambiar en 2 días”.

Don Pedro

Un domingo por la mañana apareció un cura. Yo compartía entonces la habitación con Don Pedro, quien vivía sus días en el hospital acompañado de su esposa Bertha. El cura les dió la Comunión a ambos, a mi solo me hizo una venia y se despidió.

Don Pedro es un señor alto y fornido, de 84 años, ingeniero petrolero retirado, con unos ojos grandes y claros, muy celebrados por las enfermeras. Se pasaba todo el día en la cama, leyendo los diarios o durmiendo, aunque una mañana, con ayuda de la esposa, logró bajar y sentarse en el sillón. Se puso contento ese día. Luego se mareó y tuvo que regresar a la cama.

Don Pedro tiene 7 hijos, una veintena de nietos y un bisnieto. Lleva casado con Bertha, su segunda esposa, más de 30 años. El hijo de ambos, un hombre bonachón que podríamos describir como un Señor Barriga muy joven, lo visitó un par de veces durante los días que compartimos habitación.

Don Pedro se alistaba para ir al quirófano la tarde que llegué a aquella habitación doble, luego que me pasearan con cama y todo por los pasillos del Piso 13. Doña Bertha estaba nerviosa y lista para el momento que habían esperado hacía más de un mes.

Luego de una hora desde que se lo llevaran, reapareció la camilla en la puerta de la habitación. A don Pedro se le había subido la presión -por emoción dizque- en el quirófano. El anestesista prefirió, entonces, posponer la operación. Doña Bertha ahora se encontraba frustrada, llorosa y algo desesperada respondiendo por teléfono las preguntas de los familiares.

Tanto esfuerzo y el pan que se quema en la orilla de la playa. Ahora solo le quedaba esperar que en su próxima fecha en el quirófano, don Pedro no comiese demasiada ansiedad.

Varios días después, cuando yo me aburría en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI para los amigos), me cuentan que don Pedro lo intentó una segunda vez, y vuelta lo regresaron. Durante mis últimos días en el hospital, le tocaba la tercera, ¿la vencida? Espero que sí. Mi madre ya no pudo encontrarlo, ni a doña Bertha, en la habitación que compartimos, ni en UCI. Espero que el don lo haya logrado.

Don Pedro sabía ponerse majadero. Una tarde nos trajeron pescado frito de almuerzo. “Yo no quiero pescado, ¡no quiero nada!”, lanzó de pronto el veterano desde su cama. Fue la primera y única vez que lo escuché en ese tono, siempre fue amable, cariñoso y respestuoso con su esposa, conmigo o cualquier visita que llegaba a la habitación. Doña Bertha, que de seguro lo conoce mejor que nadie, le regresó un frío: “Ok Pedro, no vas a comer. Yo me voy a almorzar a la casa. Regreso en la tarde. Nos vemos”. Y se fue sin más, mientras yo me aprestaba a meterle diente al bendito pescado con su respectiva guarnición de verduras.

Rato después entró el Técnico enfermero de turno (“Técnico”) a comprobar que todo iba en orden. “Así que el señor no ha comido. Despiértese, que ahora va comer”. Era el sr. Cuadros, “Cuadritos”, su chamba a veces era lidiar con pacientes majaderos como don Pedro.

to be continued…

(Escrito desde el piso 13B, cama 231A del Hospital Edgardo Rebagliati Martins.)

No one laughs at God in a hospital

Este viejo hospital es, de facto, católico, apostólico, romano. Todas las habitaciones tienen en la pared un Cristo crucificado -ahí donde podría haber un rack con una tele, o algo por el estilo-. No es la mejor imagen que uno puede tener para irse a dormir, pero ahi está, un cuerpo lacerado, colgado, sufriente, dándote las buenas noches.

Me acompaña en la habitación, en la cama B, una pareja de esposos. Él, el paciente desde hace 3 meses. Ella, la esposa perfecta. Haydée, una mujer menuda de unos 40 años, poco atractiva, una persona que según veo, sólo vive para atender a su esposo día y noche, y sus madrugadas más, que va y viene como un pequeño robot. Como digo, la esposa perfecta. Que se da el tiempo para darme una mano cuando estoy solo, sin familiares que me alcancen el agua o me acomoden el respaldar de la cama. Me daba algo de pena recibir su ayuda entonces, pero la necesitaba, asi que le agradecía cada vez.

Haydée y su esposo deben ser practicantes, seguidores -fanáticos quizá- de alguna religión evangélica/cristiana/brasileña. Escuchan por radio Pacífico AM, todo el el tiempo, programas religiosos. Luego oran o leen textos idem.

Mi tía Carmen, que ha acompañado a mi mamá en el hospital, sobre todo en los momentos más tensos (como el día previo o posteriores a mi operación), es Testigo de Jehová. Recuerdo que de niño leía las revistas “¡Despertad!” que encontraba en su casa, o los coloridos libros de historias apocalípticas publicados por la “Watchtower”. Mi mamá también es Testigo, recientemente, y he visto que serlo le ha servido -me ha servido, a través de ella- para tener una fortaleza de mente especial, que en situaciones como tener un hijo en el hospital, es bienvenida.

Dios, o Jehová, o Yavé, o Cristo, está pues muy presente en este viejo edificio. No olvido que me persigné, casi como acto reflejo, la primera noche que pasé en Emergencias. Es que nadie se ríe de Dios en un hospital…

(Escrito desde el piso 13B, cama 231A del Hospital Edgardo Rebagliati Martins.)

Calm down, release your cares

Acercarse a una nueva ciudad por los aires siempre será una experiencia irreal. De pronto la invades, comienzas a distinguir, a la distancia, sus casas y campos, avenidas y edificios, y en un par de minutos ya eres parte de ellos, de su gente.

Es muy relajante y estresante por igual el momento en el que esta aparatosa ave está, por fin, llegando a destino. En ocasiones, la gente a bordo celebra con aplausos. Y no, no solo lo hacemos los peruanos. Recuerdo el aterrizaje en Curaçao en un corto pero algo complicado vuelo desde Bogotá. La mayoría de turistas, e incluso los locales, aplaudieron al escuchar el contacto del tren de aterrizaje con el caliente asfalto de la pista.

Esta vez llegaba a Santiago, a inicios del 2009, para vivir lo que sería uno de los momentos más memorables de mi año. Horas musicales que comenzaron con un soundtrack mental que aun recuerdo cuando veo estas imágenes. Luego de varios meses finalmente las junto tal como me las imaginé allá arriba. Pongan sus asientos en posición vertical, ajusten el cinturón de seguridad, relájense, y asómense por la escotilla. Calm down, release your cares, it’s the stale taste of recycled air:

En Curaçao

Curaçao: Westpunt Beach

Algunas cosas que aprendí hace unas semanas en mi visita a Curaçao, gracias una invitación del equipo de Caribbean Kids News (CKN), el programa para niños y adolescentes de las Antillas Holandesas (un NAPA del Caribe, digamos):

  • Curaçao no es lo mismo que Aruba. Es más, comete el error de confundir esas dos islas y te ganarás el derecho a una explicación muy exhaustiva. Las Antillas Holandesas están formadas por cinco islas, Curaçao, Bonaire, San Martín, San Eustaquio y Saba (antes eran seis, con Aruba), y a partir de ahí su división política y económica se pone complicada, así que no entremos en detalles.
  • Kòrsou, Curazao, Curaçao, Curación. Muchos idiomas se hablan en esta pequeña isla de 150 mil habitantes (la población de El Agustino o Chosica quizá). El idioma nativo se llama Papiamento, una lengua que tiene el cantito del portugués, es sobrino del castellano del cual se copia mal algunas palabras, con toques de Dutch (holandés, neerlandés), inglés y hasta francés. El Papiamento resume el espíritu multicultural, alegre y cálido de esta isla y de su gente, los curazoleños. Mis frases preferidas: Kon ta bai, danki y bon dia, cómo te va, gracias y buenos días.
  • Ahora, hay Papiamento y Papiamentu, no te equivoques. Nuevamente la dualidad Curaçao y Aruba, hermanos rivales, piensan en algo como Lima vs. Arequipa, o Lima vs. Iquitos.
  • Los nativos de la isla, ‘indios’ que le dicen, son como podrán adivinar de raza negra, no como nuestros ‘indios’ serranos, más bien cobrizos. Aquí es que empiezo a entender la vaguedad y vastedad de tal término, que provino originariamente de la lejana y ajena India.
  • Toma un curazoleño al azar y traza rápidamente su árbol genealógico. La línea de ascendencia más ‘sencilla’ será aquella que se inicia en algún territorio de la África negra, esclavos que poblaron la isla caribeña (al igual que gran parte de nuestro continente), para luego, siglos después, hacerla suya.
  • Las raíces de otros vecinos de la isla nos llevan hacia su Madre Patria, Holanda, Netherland. Durante mi días en la isla se celebraban competencias deportivas entre los miembros del Reino de los Países Bajos, fechas que entre otras cosas sirven como excusa para que los gringos-naranjas visiten su ex colonia, hoy convertida en su centro preferido para veranear en cualquier época del año.
  • Un pedazo de información totalmente aleatorio que conocí en esos días en el Caribe, y que hasta entonces me era desconocido: La actual Surinam fue canjeada por la norteamericana New York (antes conocida como New Amsterdam y New Orange). Un trueque entre británicos y holandeses, mediante el Tratado de Westminster. Esto explica por ejemplo que sitios neoyorquinos tan emblemáticos lleven nombres como Harlem (fka. Haarlem), Brooklyn (Breukelen), etc. (Más en The Dutch Influence on New York).
  • Las playas de Curaçao son como las vimos siempre en las postales y en la publicidad. Arena blanca y gruesa, agua de mar tibia e increiblemente transparente, celeste cerca a la orilla, azul marino (!) mar adentro. Gracias a la amabilidad curazoleña de Favell, director de CKN, pude conocer en un solo día un puñado de sus playas a lo largo de la costa occidental de la isla. Visitamos las playas ‘públicas’, las que visita el pueblo, es que también hay las ‘privadas’ para turistas con euros.
  • Visitamos de sur a norte, Caracasbaai, playa cristalina con fondo de piedras más que de arena; Marie Pamoen, una pequeña playita artificial que colinda con una playa privada más grande construída por un hotel, semejante a una piscina para principiantes como yo; Lagun Beach, de tranquilas aguas casi una laguna de agua salada; Kenepa Grandi, la más famosa y más fotografiada playa de Curaçao, es la que verás en los folletos de las agencias de viaje; y Westpunt, el final de la isla a la que llegué terminando la tarde, cómo su nombre indica es el punto más occidental de Curaçao.

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Computer Love

Esta mañana dominguera sonaba en mi banda sonora ese clásico instántaneo, “55566688833”, de James Figurine, y me preguntaba qué se necesita para que a alguien por estos lares se le ocurra un tema que describa de manera tan sencilla esa realidad/virtualidad de todos los días: “Cuando no estamos de acuerdo, peleamos en letras mayúsculas”. “Tengo que teclear 11 números en mi celular para deletrear LOVE, así que fácil no lo hago”.

Y ahora resulta que algo en esa onda cyber ya se hizo por estos rincones, se llama “Amor Cibérnetico”, lo canta Mariposita de Espinar del Perú:

“Pero qué diciendo me das a mí / tu correo electrónico”.

Otros temas afines: una oda al chat y a las relaciones (imposibles) a larga distancia, IMpossible, del 2001: “Textos en 12pt no podrán reemplazar 5 minutos cara a cara contigo / Geneva es una letra tan tan fría”.

Y ya poniéndonos históricos, recordemos a los padres de todo, Kraftwerk y su Computer Love, de 1981 (que no el sampleo de Coldplay en Talk).

Fin de la conexión.